Atlanta, enero a abril de 2015. Roberto Pinto. Publicado el 5 ago 2026. Lectura: 12 min.
La foto: la última del viaje, desde la ventanilla de la vuelta. 6 abr 2015, 06:39.
Antes de cumplir los veintiuno ya había estado en Estados Unidos más de cincuenta veces, pero siempre de turista, siempre con alguien más a cargo. EE.UU. tiene dos versiones, la que se visita y la que se vive; yo conocía una sola. La otra la pisé por primera vez en enero de 2015, solo, mi primera aventura en el extranjero.
La excusa fue dominar el inglés. Lo había estudiado por años en el Instituto Cultural Británico de La Plata, la ciudad donde crecí, a una hora de Buenos Aires, y el único lugar de la ciudad donde se rendía el First Certificate de Cambridge. Había quienes me repetían desde chico que ese papel no valía la pena: profesionales, empresarios amigos de mis padres, gente que ya había hecho carrera en negocios y diferentes profesiones. Lo que sirve, decían, es saber hablarlo y comunicarse con gente nativa. Nadie me mandó. Llevaba dos años de una licenciatura en marketing en la Universidad Católica de La Plata y sentía que me faltaba más, aunque todavía no sabía más de qué. La decisión fue mía; lo que la hizo posible fue mi madre, cuyo apoyo incondicional de toda la vida no fue diferente en esa ocasión, sin un solo pero. Con mis ahorros y su respaldo me inscribí en el curso intensivo con módulo de negocios en la Oglethorpe University, en Atlanta.
Cuando se lo conté a mi padre, en cambio, le vi la sorpresa en la cara. Como hacía tiempo que no hablaba con él, le comenté también que mi objetivo al regresar era terminar la licenciatura, y que después, si la vida me lo permitía, aspiraría a un máster; me contestó que nunca la iba a terminar, que tenía delirios de grandeza sin respaldo (él no había terminado el secundario) y que nunca llegaría a tener un máster en mi vida. Su cognición ya empezaba a deteriorarse por la enfermedad que años después se lo llevó, y me tomó una década aprender a separar lo que él decía de lo que le estaba pasando. A los veintiuno no lo sabía separar. Me subí al avión con la licenciatura a medias, el inglés como excusa, dividido entre la esperanza de mi madre de que tuviese éxito y esa sentencia de mi padre.
Elegí viajar el diez de enero porque el once era mi cumpleaños número veintiuno y quería que fuese un día que nunca olvidara. Lo fue a su manera. Atlanta amaneció cerrada por una niebla que no dejaba ver a veinte metros, con las campanas del campus sonando en alguna parte y los cuervos contestándoles, y los de la universidad que se suponía me irían a buscar al aeropuerto nunca llegaron, así que tuve que arreglármelas por mi cuenta. Pedí un Uber, una aplicación que en Argentina todavía no existía, y me bajé frente a unos edificios góticos que la niebla apenas dejaba adivinar. Caminando mucho, porque el campus es enorme, llegué hasta la zona nueva y era otra cosa completamente. Ese choque de la primera impresión no me lo voy a sacar nunca de la cabeza. ¿Dónde me metí?, pensé.
Las clases del curso no eran muy distintas de las del Británico, salvo que las impartían profesores nativos y que la exigencia era abrumadoramente alta. Pero eso no era por lo que había decidido viajar. El valor agregado estaba en la experiencia de hablar con gente que quizás nunca salió de EE.UU. Si el viaje hubiera sido lo que prometía el folleto, esta historia terminaría acá, en un certificado.
El campus: la torre gótica (14 feb), las residencias (8 feb), la biblioteca (26 ene) y el ala del comedor (25 feb).
Pero la universidad tenía más para dar que el curso. Conseguí autorización de oyente para las clases de marketing, sin matrícula, sin nota, sin que nadie me lo pidiera. Los casos estaban pasando afuera en ese mismo momento; uno era Uber, la misma aplicación que me había traído del aeropuerto el primer día. O, por ejemplo, la publicidad no tradicional con flash mobs, o tecnologías como los autos híbridos que salían en aquel momento en EE.UU. con el Toyota Prius. Coca-Cola, nacida ahí mismo en Atlanta, era caso de estudio recurrente, y con el curso fuimos a conocerla de cerca: el World of Coca-Cola, a metros de su sede central. En mi carrera, en la UCALP, esas cosas se estudiaban como utopías. Ahí escuché por primera vez una palabra que no me soltó más: elevar. Pasar de un simple producto o servicio a una experiencia, y entender que el deseo es donde el marketing actúa en su estado más puro.
World of Coca-Cola, con el curso: la entrada con el tapón gigante, el lobby, el camión histórico, las expendedoras y la degustación. 31 ene 2015, 15:47 a 17:06.
Al equipo de básquet llegué de rebote. El primer cuarto que me tocó no me gustaba, pedí el cambio de ala, y la nueva era la de los que jugaban al básquet. Empecé jugando por jugar y terminé adentro de los entrenamientos intensivos del equipo de la universidad, con piletas de recuperación, kinesiología, una estructura completa montada alrededor del cuerpo de cada jugador. Entre esos cuerpos estaba Thomas, un francés de dos metros quince contra el que no alcanzaba nada de lo que yo ya sabía hacer. El juego entero era otro idioma, fluido, rápido, preciso, brutal en lo competitivo. Nadie tiraba desde cualquier lado, nadie se mandaba solo sabiendo que iba a perder la pelota; el que lo hacía quedaba en evidencia delante de todos, y se sentía exactamente así. El objetivo mandaba sobre el yo. En semanas corregí vicios de años, porque tenía los mejores ejemplos a un metro, para mirarlos. La vara nueva se me fue metiendo en los músculos.
La rutina y la cancha: el gimnasio de los Stormy Petrels (20 feb), día de partido, la cancha de práctica y recién terminado de entrenar.
Compañeros llegados de medio mundo, cada uno por su propia decisión de irse lejos a estudiar. Ahí nadie estaba por casualidad. En La Plata yo había sido siempre el bicho raro, el que supuestamente se las daba de grandeza, el que contaba cosas que, según los demás, no eran ciertas porque parecían inventadas, aunque las hubiera vivido de verdad. En Atlanta esa discusión no existía. Nadie tenía un archivo mío, prejuicios ni expectativas tampoco. Podía ser yo realmente.

La gente del curso: Georgia Aquarium (24 ene, 17:37), la mesa completa y con amigos.
Hubo una excepción. Ella me gustó desde que la vi y tenía un potencial que se veía de lejos. Fue la primera vez que una chica realmente se abrió conmigo. Aspiraba a cosas grandes con una naturalidad que yo no había visto nunca de cerca, y sin proponérselo me mostró otra medida, la clase de persona que querría como compañera a mi lado. Hoy ella ha logrado grandes cosas y espero que sea muy feliz. Yo todavía estoy trabajando en ello.

Una mañana salí a caminar con el único plan de que se hiciera de noche caminando, y crucé la ciudad entera. Nada estaba hecho para salir del paso, todo pensado con margen de sobra, a lo grande. De chico me lo decían medio como reproche, vos pensaste y querés hacer todo a lo grande. Esa ciudad estaba construida así.
La ciudad a lo grande, la caminata del 31 ene: el cartel del Hard Rock (15:29), el Westin, el centro, la calle de la noria, el lápiz, el águila, las torres de vidrio, los anillos (17:42) y la noche desde la noria (18:32). Se hizo de noche caminando.
El cuatro de marzo rendí el examen del curso. Me dieron un certificado que decía C1, inglés de negocios. Lo guardé en la carpeta donde tenía el pasaporte y seguí entrenando. Mi madre, en Argentina, había empezado con ataques de epilepsia, y los números no daban; la matrícula sola costaba unos setenta mil dólares al año. Volver fue una de las decisiones más grandes que tuve que tomar solo, y definió una etapa importante de mi vida. Sabía que volvía a algo peor y más complicado, y lo acepté igual. Era por mi madre, y era para cuidarla.

Los últimos días: el probador (28 mar, 17:53) y los cerezos (29 mar, 12:25).
La primera semana en La Plata fui a entrenar a las canchas de básquet del Colegio Nacional de La Plata. Entré a la cancha calibrado para otra liga. Los cinco del equipo contrario no me podían frenar ni juntos, y yo sentía que tenía que moverme en cámara lenta para poder jugar con ellos. Y el nivel físico era lo de menos. El juego al que volví premiaba todo lo que allá te dejaba en evidencia, el tiro desde cualquier lado, el mandarse solo, el yo por encima del objetivo. Habría sido un triunfo, si hubiera durado. A los pocos días caí en la cuenta de que ese nivel, ahí, iba a sobrar siempre. Y sin decidirlo, sin siquiera notarlo, bajé el ritmo. Me acomodé a poder ganar, pero lo justo y necesario para donde estaba. El archivo me estaba esperando.
Durante años me facturé esa adaptación como una falla de carácter. Hoy sé que el limitador no fui yo: fue el lugar. Un estándar personal necesita un entorno que lo sostenga, y eso incluye a las personas, y yo volví con la vara nueva adonde no había nada de nada. La misma sensibilidad que hoy me diferencia, la de ver cuándo algo está por debajo de lo que podría ser, fue la que me hizo pedazos a los veintidós, cuando lo que estaba por debajo era todo. Eso fue lo que me rompió. Adaptarme. Convertir lo mejor en estándar.
La confirmación llegó por otro lado y enseguida. Habiendo conocido cómo era una clase en una universidad de EE.UU., quise cambiarme de universidad, y la mía resultó ser una sede que alquilaba el nombre de otra institución; en la sede central de la UCA en Puerto Madero me lo dijeron con todas las letras: ustedes no son la Universidad Católica, no te podemos tomar las equivalencias que cursaste. Me cambié a la UADE, en Buenos Aires, y volví a cursar casi toda la carrera. Perdí más de un año en papeles, y gané en limpio una pregunta que desde entonces uso todos los días, la que le hice a cada certificado y a cada libreta, y la que hoy, que me gano la vida trabajando con marcas, le hago a cada una que me muestra el logo nuevo como si fuera una estrategia: qué está midiendo esto exactamente y cuál es el objetivo.
Vivo en Madrid. Estoy haciendo hasta lo imposible por quedarme, y por primera vez desde 2015 el entorno sostiene la vara y me impulsa a elevarla, en vez de pedirme que la baje y me conforme. El certificado sigue en la carpeta del pasaporte, rodeado ahora de los papeles de extranjería, de la convalidación de mi Licenciatura en Marketing de la UADE por el Ministerio de Universidades de España y de mi certificado de estudios terminados del Máster en Dirección de Marketing de la Universidad Europea, papeles que sí deciden cosas. No lo volví a mirar. Del once de enero me quedan la niebla, las campanas, los cuervos, y un chico de veintiuno parado frente a un edificio que apenas se ve, esperando que levante para saber dónde se metió, sin saber que esa iba a ser una de sus mejores aventuras y el catalizador para saber qué es lo que quiere lograr.


Del archivo, lo que quedó fuera del relato: Centennial Park un sábado (7 feb), la primera vez patinando sobre hielo (no me caí ni una vez), Sugar Shack (uno de mis primeros cupcakes, mi lugar para ir a leer), el piano del ala del comedor (tocaba seguido, para practicar), la guitarra de Lennon y la moto en el Hard Rock más viejo de la ciudad, un partido de NBA en el Philips Arena y el Fox Theatre, donde fui a un show de jazz.